“Eduardo Blanco revoluciona el streaming con *Parque Lezama*: el cine argentino que conquista emociones”
El teatro sigue siendo un refugio de humanidad en un mundo dominado por pantallas y conexiones efímeras. Así lo entiende Ricardo Darín, uno de los actores más emblemáticos de la escena argentina, quien en una charla reciente defendió con pasión el valor del contacto real en tiempos de *swipes* y algoritmos. “Estamos en cartel hasta el 5 de abril, y luego, desde el 15 de mayo, saldremos de gira”, anunció sobre la obra que protagoniza en la mítica calle Corrientes. Pero más allá de las fechas, lo que realmente le preocupa —y celebra— es el mensaje que transmite la pieza: “En un mundo donde Tinder nos hace creer que el amor es un *match* más, pensar en un encuentro cara a cara, con sus silencios, sus miradas y hasta sus torpezas, se ha vuelto casi revolucionario”.
Darín no duda en atribuir parte del éxito de la obra al talento de sus compañeros y, sobre todo, a la dirección de Juan José Campanella, con quien ha forjado una alianza creativa que trasciende lo profesional. “Campanella nos propuso incorporar a una actriz nueva al elenco, y eso nos obligó a replantearnos todo. Nos adaptamos, aprendimos, y al final, salimos enriquecidos. Es una historia que tiene esa mezcla de humor y emoción que caracteriza sus proyectos”, explica. Pero el actor también deja claro que, más allá del guion, cada función es un acto de reinvención. “La gente suele confundir al actor con sus personajes, pero la verdad es que cada uno lleva algo de mí, de mi mirada sobre el mundo. Por eso, aunque la obra sea la misma, nunca es igual”.
El cine argentino, en cambio, enfrenta un panorama más incierto. Consultado sobre el estado de la industria, Darín no oculta su preocupación: “Me alarma ver cómo se construye desconfianza a gritos, con insultos, como si eso fuera a resolver algo. La economía, al igual que el arte, se basa en la confianza. Si no hay eso, no hay nada”. El actor, que ha sido testigo de la evolución del cine nacional desde sus inicios, admite que el auge de las plataformas ha cambiado las reglas del juego. “Con *Parque Lezama* en streaming, siento curiosidad por ver cómo se recibe. Antes, si una película funcionaba, ibas al cine y veías la reacción del público en tiempo real: los suspiros, las risas, los silencios. Ahora, la respuesta es digital y global, pero también más fría. Es otro mundo”.
Sin embargo, Darín guarda en su memoria un episodio que demuestra el poder universal de las historias argentinas. “Durante el rodaje de *Luna de Avellaneda*, nos contaron que en la base argentina de la Antártida habían inaugurado un cineclub con la película. Resulta que vinieron coreanos de la base vecina a verla, y al final, terminaron todos abrazados, emocionados. Eso me marcó: nuestras historias, con su humor, su melancolía y su identidad, pueden cruzar cualquier frontera. No importa el idioma o la cultura; lo que nos une es la emoción”.
Esa sensibilidad local, tan presente en sus personajes, es lo que Darín considera su mayor aporte al cine y al teatro. “A veces me dicen que mis personajes son muy argentinos, y es cierto. Pero también son universales, porque hablan de cosas que todos entendemos: el miedo, la esperanza, el amor, la lucha por un sueño. Al final, el arte no es más que un puente entre las personas, y si ese puente está bien construido, puede soportar el peso de cualquier diferencia”. En un mundo cada vez más fragmentado, sus palabras suenan a un recordatorio necesario: la tecnología puede acercarnos, pero solo el arte —y el contacto humano— nos hace sentir verdaderamente vivos.
